El día que mamá fue más mamá que nunca



Un post del corazón, escrito por Gabriel, mi hermano mayor. Le di la difícil tarea de escribir sobre mamá… y me dejó sin palabras.


Esa tibia mañana de abril nos despertó una voz conocida. A diferencia de todos los otros amaneceres, ese jueves la sola presencia de nuestra vecina  suponía que el día esperado por meses, finalmente había llegado.


Las nocturnas contracciones, aceleraron el viaje de mamá a la clínica, sin tiempos para preámbulos ni protocolares discursos, recomendaciones o despedidas.

Con Edith desayunamos alborotados. Irreverentemente apresurados por una sucesión interminable de sensaciones compartidas. Si papá no regresaba de la clínica antes de la hora de la escuela, la noticia se demoraría por otro insoportable mediodía.


No teníamos miedos. Los 7 años de Edith y mis pocos 9 suponían otras preocupaciones. A esa edad  los proyectos, las urgencias y las ansiedades son bien diferentes a los que sienten  las personas adultas.


Casi todo se reducía a una mínima pregunta, que paradójicamente era más gigante que el universo ¿Sería hermanito o hermanita?


Los datos estaban incompletos. ¿Hasta cuando las conjeturas podrían seguir incomodándonos?



En esa época, hasta el momento del alumbramiento, nadie podría asegurar el sexo del bebé. Todavía no se había masificado la ecografía como procedimiento radiodiagnóstico de control durante el embarazo.


Los minutos se evaporaban con desconocida velocidad. Un combo perfecto para agudizar la exaltación de los sentidos.


Muy lejos, como a 22 libras menos de la última panza conocida de mamá,  una ronda  de juegos a la media tarde, devino en la cita perfecta  para anunciarnos que estábamos próximos al crecimiento de la familia.

¡Se nos iluminó el alma!


Aquella tarde emergió la incógnita que prendió la llama. ¿Mamá esperaba una nena o un nene? En el futuro ¿compartiría las horas con las muñecas de Edith o llegaría para completar mi glorioso equipo de fútbol?


Con el paso de los días las preguntas comenzaron a multiplicarse desordenadamente. Se apilaban y desmoronaban a idéntica velocidad. El reino de las probabilidades nos enfrentaba a una monumental encrucijada.


Sólo nos quedaba esperar. Sólo podíamos esperar. Así, casi sin querer, aprendimos a cultivar la habilidad de mantenernos con una buena actitud mientras esperábamos… y la panza de mamá crecía.



Hoy por hoy, en la era de la inmediatez, la paciencia es una virtud en fuga ¿no les parece? ¡Que don ni que don! Ahora queremos todo ya, y cuando decimos ya, significa ya mismo. ¿Me equivoco?


Unos meses después y algunas semanas antes de esa  mágica mañana,  papá nos   convocó   para descubrirnos  didácticamente cual era en verdad el secreto  de “la semillita que se hacía panza” y que en los cuentos infantiles tomaba forma de “Carta escrita a la cigüeña de París”. 

Su pedagógica presentación se cerró con una visita al consultorio del médico que cuidaba el crecimiento del bebé. ¡Una genialidad!


Allí, recostada  en una camilla, con su  panza grandota al aire, nos esperaba mamá. Todo había sido minuciosamente planificado para que pudiéramos escuchar los latidos de ese bravío corazoncito que sentíamos completamente nuestro.

Fue un momento milagroso. Sublime.


Esa tibia mañana de abril, casi no faltaba nada para salir a la escuela, cuando escuchamos que se abría la puerta. Papá había regresado.

Con su habitual serenidad y eufórico  de alegría, nos dio la noticia.  A las 7.20 am había nacido el bebé. Mamá se encontraba muy bien y nos mandaba un beso a los dos. También  dijo que el bebé  quería conocernos.

¡El bebé  quería conocernos! ¡Obvio! En su primer día ¿qué  cosa  más importante tendría para hacer el bebé sino conocer a sus hermanos?


Pero, ¿quién nos quería conocer? ¿el bebé o la bebé?



Fue esa, la última vez que escuchamos la repetida pregunta. Esa pregunta  nos había llenado de intrigas, curiosidad, expectativas.


Edith simplemente se mantuvo en silencio. A mí, una vez más, me traicionó la ansiedad. Quisiera poder afirmar que esa vez dije varón sólo para apurar la revelación.

Entonces la respuesta fue definitiva.


Había nacido ella. ¡Nuestra hermanita! ¡La más esperada de la historia!


Fuimos a la escuela, sin ir a la escuela. Esa mañana nuestros corazones y pensamientos fueron sólo de ella. Tuvimos que esperar hasta la tarde para conocerla, porque los reglamentos son los reglamentos.Hoy sabemos que ese día fue de pura emoción y por eso lo recordamos con resolución fotográfica.


Hasta que por fin la vimos, y la alzamos, y la besamos, y la acariciamos, y la mimamos, y la escuchamos, y le dimos los bombones, y las flores, y le dijimos cuanto la habíamos esperado y cuanto la amábamos y todas las cosas que mientras estaba en camino habíamos planeado.


Era chiquita. Muy chiquita.  Naturalmente bella. Bella como su hermana bella.



Por esas horas se nos concedió un regalo fenomenal, para que no quedaran dudas de que ella era única, original e irrepetible: elegir su nombre.

Nos tomamos un par de días,  hasta que caímos en la cuenta que nuestra hermanita, siempre se había llamado Leticia.


Los meses que precedieron a ese día y los que le siguieron fueron una auténtica celebración de la vida. Inolvidables. Inigualables. Inoxidables.


Esos fueron días de super acción. Ese día se gravó uno de los capítulos más aclamados de nuestra existencia.


Nuestra familia fue y sigue siendo una magnífica productora de grandes éxitos. Mamá ha protagonizado capítulos memorables. ¡Simplemente maravillosos!


Ahhhh, por cierto, la saga continúa. Sigue. Se actualizó. Se digitalizó.


Edith y  Leticia hoy son las protagonistas de los nuevos episodios… y ¡son tan parecidas a mamá! Como ustedes, con tantas historias,  tan parecidas a la de esa mañana, cuando mamá fue más mamá que nunca.


Feliz día a las mamás del mundo.


Gracias por pasar.


Leticia

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